About me

Soy una estudiante del grado de Estudios Ingleses, pero, sorprendentemente, siempre me ha gustado la ciencia; sobre todo, matemáticas y física.

¿Suena extraño?

Me llamo Sara García Serra y estoy en mi último año del grado de Estudios Ingleses. Mi historia es un poco peculiar: supe que quería hacer matemáticas en 4º de primaria. Sí, con 10 años. Y, aunque también me enamoré de la física, ya no cambié de opinión. Cuando llegó el momento de elegir el tipo de Bachillerato, no tuve ninguna duda: científico-tecnológico (matemáticas, física, química, tecnología, psicología/sociología). Pero, si os soy sincera, aquí ya había pistas de que quizás no estaba escogiendo lo mejor para mí. En 4º de la ESO, había que hacer varios test de orientación para saber qué estudiar. Yo los hacía porque era obligatorio, pero ¿para qué? Ya tenía claro lo que quería hacer: nada iba a hacerme cambiar de opinión. Ni siquiera que varios test dijeran que debía estudiar alguna carrera de sociales. Tampoco mi tutor, quien debió acabar harto de intentar convencerme de que me planteara más opciones. Por supuesto, siendo buena en matemáticas, con notas muy altas, y teniendo tan claro lo que quería hacer, no hice ni caso. Sí que es verdad que era buena en casi todas las asignaturas; gimnasia y plástica nunca fueron mi fuerte, pero a mí me apasionaban (y siguen encantándome) las matemáticas. Me matriculé en el Bachillerato científico y lo disfruté. Me presenté a las asignaturas científicas en selectividad para entrar en matemáticas. Y lo conseguí. Perfecto, ¿no? Misión cumplida. En realidad, no.

Sabía que el cambio de bachillerato a la universidad no sería fácil, que tendría que dedicarle más tiempo…, pero me daba igual, iba a estudiar lo que quería. Imaginaos mi sorpresa cuando no me gustó. Nada. Ninguna asignatura. Me encanta operar, resolver ejercicios…, pero no me gusta realizar tantas demostraciones y eso era lo que hacíamos. Todo el día. Bromeábamos entre nosotros: “Solo vemos números para poner la fecha o para indicar el número del ejercicio”. Cuando acabé el primer año, estaba desilusionada, pero decidí continuar. Ya sabía que sería duro, seguro que era solo el primer año. Así que hice dos años de matemáticas. Y no podía más. Seguía enseñando matemáticas de Bachillerato y la ESO; ayudaba a Ingenieros con las asignaturas de primer curso, pero era incapaz de conseguir que me gustaran las asignaturas de la carrera. Casi 10 años convencida de que quería hacer matemáticas y no era así. ¿Qué iba a ser de mí? ¿Qué iba a hacer con mi vida? ¿Cómo podía dejar una carrera a la mitad? Menudo desastre, ¿no?

Pues no. Me cambié a Estudios Ingleses. Me matriculé en la UNED y fue la mejor decisión que he tomado. Estoy más feliz que nunca, disfruto mucho.

¿Sigue sonando raro?

Seguro que sí. Pero tengo que deciros que estudiaba matemáticas, no para trabajar en un banco, en una empresa privada o para investigar, sino porque quería y quiero ser profesora. No me importaba si de una asignatura de ciencias o de letras. ¿Qué importa enseñar inglés o matemáticas? Quiero enseñar. Mi objetivo es estar en una clase. Mientras estudiaba matemáticas, mi única satisfacción era dar clases. Ahora, es tanto estudiar como enseñar.

Pero mi historia no acaba aquí, esto solo son los primeros 23 años de mi vida. Cuando empecé inglés, me di cuenta de que, a pesar de no estudiar matemáticas, seguía siendo muy buena enseñando asignaturas científicas. Y esto lo digo porque así fue como nació este proyecto. Muchos pensarán que es un sueño, que es de locos, pero quiero cambiar el sistema educativo. No está pensado para nadie: ni para niños con altas capacidades, ni con dificultades de aprendizaje, ni tampoco para la media. Con cada cambio de gobierno, se cambian las leyes. Los profesores siguen usando métodos de hace años sin adaptarse a las nuevas generaciones. No tienen suficientes conocimientos pedagógicos; enseñan cansados, repitiendo lo mismo sin asegurarse de que los alumnos lo entiendan. La gente odia las matemáticas: “Yo es que no puedo con las matemáticas”, “Es ver un problema de matemáticas y me bloqueo”, “No, es que yo soy de letras, no soy bueno en matemáticas” … Estas frases las he escuchado cientos de veces en mis alumnos y han acabado sacando notables altos o sobresalientes. El problema no es la asignatura. Ni tampoco el alumno. Pero tampoco lo son los profesores. El sistema es lo que falla. No está diseñado para aprender, sólo para memorizar y repetir. ¿Quién nos enseña a pensar por nosotros mismos? ¿A cuestionarnos lo que nos dicen? ¿A debatir sin faltar al respeto? ¿Quién sabe para qué sirve una ecuación de segundo grado? ¿Una derivada? ¿Una integral? ¿Por qué alguien que va a estudiar una ingeniería tiene que estudiar las mismas matemáticas que alguien que va a estudiar medicina?

Con estas preguntas nace este blog. Quiero analizar los distintos sistemas, proponer nuevas formas de aprendizaje, diseñar clases y dar consejos para que cada alumno consiga sus objetivos. Sean los que sean. No se trata de formar personas que sepan resolver un ejercicio sin saber por qué están haciéndolo o sin saber para qué les va a servir. Los profesores somos los que creamos el resto de las profesiones. Enseñamos y educamos a la siguiente generación. Es el momento de que se note.

Ahora ya sabéis un poco más sobre mí.

En una nota un poco más ligera, me gusta leer, pasar tiempo con mis perros, escribir y ver películas y series en Netflix. Me gusta pasar tiempo con mis amigos y con mi familia. Pero, por encima de todo, pertenezco a esta generación que quiere que las cosas cambien y, aunque no lo parezca, no es necesario mucho dinero ni tiempo para conseguirlo.